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En Radio Mitre, durante un intento de conversación política, Milei fue llevado por una pregunta inocente —“¿No le tiene miedo al fracaso?”— hacia el lado azul y oro de su corazón futbolero. Ahí, entre llantos y reminiscencias, confesó cómo sufrió viendo fallar a Palermo, cómo gritó goles históricos y cómo incluso dejó de ir a La Bombonera tras su retiro. “Recuerdo lo que he pasado cada vez que fui a la cancha de Boca. Yo era intenso de Boca, un termo. Y además era termo de Martín”, dijo entre sollozos, dejando a más de uno preguntándose si en la agenda presidencial había algún espacio para otra cosa que no sea fútbol.

Con cada anécdota, Milei mostró un discurso payacesco que mezcla fanatismo personal con desbordes emocionales poco comunes en un presidente. Entre confusiones de nombres de jugadores —Makelele se volvió “Ukelele”— y relatos épicos de goles de hace más de 20 años, quedó claro que la intensidad por el fútbol supera con creces su atención a la inflación, la pobreza o la deuda externa.

Quizás lo más llamativo es que, mientras el país demanda políticas, trabajo y soluciones concretas, el mandatario se conmueve hasta las lágrimas por un gol histórico y los recuerdos de un ídolo retirado. El contraste entre la emoción genuina y la ausencia de acción frente a problemas reales pinta un cuadro insólito: un presidente más fanático que funcionario, más hincha que líder, que convierte la administración del país en un segundo plano frente a la pasión por su Boca y su Palermo.

En definitiva, mientras Argentina espera respuestas, Milei sigue llorando goles que marcaron la historia del fútbol, demostrando que su verdadera gestión es el drama personal y la devoción futbolera, y que los problemas del país, al parecer, no conmueven de la misma manera.

Autor: estacion del carmen