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La noche comenzó con una fiesta: banderas, bengalas, el rugido del estadio y la esperanza de revertir la historia. En la cancha, la Academia fue protagonista, manejó los tiempos, buscó con alma y corazón, y generó las más claras. Pero se topó con un muro: Agustín Rossi, el arquero argentino del Flamengo, que se convirtió en héroe de la serie. Tapó todo. Incluso lo imposible.

El equipo brasileño, aferrado a la ventaja mínima, se dedicó a resistir, a demorar, a enfriar el partido. Racing, en cambio, no dejó de intentar. Pelotazos, centros, remates de media distancia, cabezazos que rozaron la gloria… hasta el último minuto, cuando Vietto tuvo la más clara y otra vez apareció Rossi para desviar lo que pudo haber sido la jugada de la clasificación.

El desenlace fue cruel. Racing quedó a las puertas de la final, pero con el orgullo intacto. El reconocimiento fue unánime: aplausos, lágrimas y emoción pura en un Cilindro que despidió de pie a su equipo, agradeciendo una campaña que recuperó la identidad, la pasión y el fuego de una hinchada que nunca deja de creer.

Autor: estación del carmen