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Catorce rounds de golpes implacables, sudor y resistencia al límite. Ali, con su velocidad y gracia inigualables, bailaba sobre el ring; Frazier, como un tren imparable, buscaba el cuerpo del rival. La temperatura rozaba los 50 grados, los espectadores se desmayaban y los médicos temían por la vida de ambos boxeadores.

Cada round era un infierno en miniatura: los golpes caían sin tregua, los brazos se cansaban y la mirada empezaba a vaciarse de vida. Para el round 14, Ali y Frazier parecían espectros de sí mismos, sosteniéndose solo por instinto. Cuando Eddie Futch, entrenador de Frazier, decidió que era momento de parar la pelea, se desató una mezcla de alivio y terror: ambos habían dado más de lo que cualquier ser humano podría soportar.

Ali ganó por knockout técnico, pero esa jornada fue más que un resultado: fue una lección sobre los límites de la resistencia, el orgullo y la locura del boxeo. Los 440 golpes que intercambiaron quedaron grabados en la memoria del deporte, y la pelea se transformó en leyenda viva, el combate más salvaje de todos los tiempos.

“Estuvimos cerca de una tragedia”, dijo Ferdie Pacheco, médico de Ali, recordando la intensidad de aquella mañana. Y así fue: la Thrilla in Manila no solo coronó un campeón, sino que llevó al límite a dos hombres que ya eran inmortales.

Autor: estacion del carmen