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Un 30 de octubre de 2020, con el corazón cansado pero el fuego intacto, Diego Armando Maradona volvió a pisar una cancha por última vez. Dirigía a su querido Gimnasia, tambaleante, sostenido por los suyos, pero con la misma pasión que lo llevó del potrero de Villa Fiorito al Olimpo del fútbol.

Ese día, el Diez no jugó con la pelota: jugó con la vida. Fue su último saludo, su despedida sin palabras.
Poco después, se apagó su voz, pero su eco quedó grabado en cada potrero, en cada abrazo, en cada lágrima.

Porque Diego no se fue. Diego está en cada pibe que sueña con una pelota, en cada hincha que levanta los brazos al cielo y dice:
“Gracias por tanto, Pelusa.” 

Autor: estación del carmen