En una definición para el infarto, River venció por penales a San Lorenzo y avanzó a cuartos de final del Apertura
River y los golpes de suerte, pero también de creer hasta el final y eso que algunos pomposamente llaman épica o mística se están estrechando la mano como pocas veces ocurrió en la historia del club. O, por qué no aceptarlo, como nunca había pasado en los 125 años que River cumplirá en dos semanas.
Si ya en Brasil y en Venezuela el equipo de Eduardo Coudet había ganado en tiempo de descuento -y con escenas poco habituales como el penal atajado por Santiago Beltrán contra Bragantino y los minutos de Matías Viña en el arco frente a Carabobo-, el guión del triunfo ante San Lorenzo de este domingo rompió cualquier registro de lo imaginado.
Lo que ocurrió en el Monumental fue ciencia ficción trasladada a la realidad. Es el milagro del fútbol. Y de un River que, a falta de fútbol, empieza a sustentarte en los milagros -y que como si fuera poco toma envión anímico con la temprana eliminación de Boca-.
Hasta los hinchas más duchos reconocen que River se quedó con un partido como nunca había ganado en su historia. Se recuerda: es un equipo que, de los últimos 22 partidos que empezó perdiendo, no terminó ganando nunca. Bajo esa sospecha emocional, esta vez la recuperación llegó desde la definición por penales.
Ante San Lorenzo, River estuvo cuatro veces groggy, en coma cuatro. Y cuatro veces levantó esos match points. Sin contar el primer empate parcial, el de Marcos Acuña, el centro que terminó en el gol de Juan Fernando Quintero a los 16 minutos del segundo tiempo suplementario para el 2 a 2 final fue el primer milagro de la noche.
Luego llegarían de manera consecutiva la atajada de Beltrán a Gregorio Rodríguez, el acierto de Gonzalo Montiel y el desvío de Francisco Perruzzi, todas jugadas que tenían destino de triunfo de un San Lorenzo obrero y digno, con 10 jugadores durante 90 minutos. Pero aún faltaba el último fenómeno paranormal: el remate de Mathías De Ritis, las yemas de Beltrán, el palo, el pique en la línea, un efecto extrañísimo como si el Monumental hubiese soplado, y la pelota recorriendo todo el arco hasta salir por el otro palo.
Atrás quedó un partido en el que River había jugado un decente primer tiempo aunque con un alto costo por su fragilidad defensiva, en especial de los centrales. Incluso fue mejor el River de 11 contra 11 que 11 contra 10, atrapado también en el mal que les ocurre a muchos equipos, el de no saber aprovechar la ventaja.
La ya muy mala actuación del segundo tiempo y el tiempo suplementario, la derrota y eliminación, más el "que se vayan todos", parecían llevarse el ciclo de varios jugadores, como el de un Facundo Colidio al que le ocurre lo que le pasó a Rogelio Funes Mori, dos delanteros que multiplicaron oportunidades desaprovechadas.
En la defensa, Lautaro Rivero sufre un caso similar a los de Eder Balanta o Alexander Barboza, centrales que bajaron mucho su nivel y parecen sufrir los partidos. Ian Subiabre, a su vez, es un caso extraño: nunca un juvenil de River provocó tanto hastío y tal vez le convendría irse a préstamo a un club.
Si Marcos Acuña jugó de todo y Sebastián Driussi de nada -y Giuliano Galoppo pateó por segunda vez consecutiva de manera inexplicable un penal-, River terminó ganando un partido irrepetible con lo que se dice suerte de campeón, pero es tan flaco su juego que el miércoles ante Gimnasia cualquier escenario es posible.
En todo caso, River se abraza a los milagros como nunca en su historia y sigue con vida. Y no todos pueden decir eso.
mulloa
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